La madre naturaleza no le da tareas a organismos que no las pueden cumplir. Debe ser por eso que “parir” le toca a las mujeres y no a los hombres, porque sino ya la especie humana habría desaparecido.
Y es que los hombres son verdaderamente insoportables cuando les duele algo. Por muy “sexo fuerte” que se crean, se vuelven cobardìsimos ante cualquier malestar y, de paso, como creen que se las saben todas, se niegan a seguir las indicaciones especialmente las de su esposa.
Evidentemente lo digo porque lo he vivido con mi querido Topocho, quien además de que odia estar enfermo, odia estar en una clínica y aún más odia que lo inyecten o lo pinchen con cualquier aguja; se enfrasca en querer decidir como hay que tratarlo y quiere que cualquier tratamiento tenga resultados inmediatos y que lo haga sentir aùn mejor que antes de enfermarse.
No voy a detallar todo lo que he pasado en esta semana con la complicaciòn gastro-intestinal de mi esposito, baste decir que estar de las 2:00 am a la 1:00 pm en la emergencia de una clínica es algo que agota fisìcamente para el resto de la semana. Sin contar con las peripecias que hay que pasar en el sistema de salud venezolano, sea público o privado.
Lo que si quiero comentar es que cuidar, atender y reconfortar a un hombre enfermo es una labor titánica. Requiere de mucha paciencia y tacto pero, a veces, hay que empuñar el látigo y obligarlos a que dejen la tontería.
De paso, después que la esposa tiene tiempo diciéndole que se debe hacer una revisión porque se ha enfermado muy seguido; el tipo viene y dice - ¿Sabes què EGG me dijo que debería hacerme un examen porque me enfermo mucho de lo mismo? - ¡¿no es para matarlo?!
Por suerte hoy llega mi suegra de su viaje y ya pienso encasquetarle a su hijito. Que sea ella la que le haga las sopitas y que se cale su cara de “¿será que me cae mal si me la tomo?”
Así veré si aprovecho el fin de semana para salir de tiendas y hacer higiene mental, no vaya a ser que se enferme otra vez.